El sabor salado inundó su boca antes de dar una nueva brazada. Ya no recordaba cuántas llevaba, pero a cada movimiento de brazos sentía el cansancio más presente. Era extraño estar inmerso en un mar de tranquilidad negra y fría y sin embargo sentir el aliento de la muerte tan cerca. ¿Dos horas?, ¿una?. Contaba los minutos como un hombre recuerda su vida y descubre que la mitad del tiempo que le queda por vivir es la última y no puede hacer nada por evitarlo. Braceó de nuevo.
“
Deberías ir al médico a mirarte ese hombro”. Recordó las palabras que le decía Elena y por fin le dio la razón mientras cambiaba su posición y agarraba con la otra mano el madero que le estaba salvando la vida. Los restos del travesaño o de la barra del bar o lo qué fuera, no conseguía identificar el trozo de madera, pero tampoco le importaba. Cómo si era parte de las puertas del cielo, le servía y punto. Otra brazada más. ¿Se habría salvado alguien más? ¿ella? ¿Elena?.
Hasta ahora el instinto de supervivencia le había hecho no pensar en ella. La buscó durante la colisión, cuando en mitad de la cena en el
Salón Versalles se había levantado a repetir postre con la excusa de empezar mañana la dieta y la sacudida había balanceado el comedor. En un abrir y cerrar de ojos las mesas se desplazaron contra la pared, las sillas fueron arrastradas, la cubertería saltó por los aires y las personas, las personas no fueron más que marionetas de las leyes físicas. Se creó el caos, la confusión, el miedo, todo ello bajo la incomprensión. ¿Qué sucedía?. Se oyeron gritos, llantos, llamadas de auxilio, nombres gritados que no superaban el estupor del ruido. Y la buscó. Pero su mesa ya no era su mesa, Él mismo había sido lanzado contra la barra de los postres, le dolían las costillas. Un minuto después el suelo se inclinó y poco a poco se convirtió en su misma pared. Sin duda, ¡estaban naufragando!.
La buscó. Le entraron las prisas pero aquella cena había dejado de ser un evento social cortes y ameno, para pasar a ser una imagen dantesca. Gente pisando gente, golpeando a sus semejantes para escapar de la barbarie y entrando más y más en ella, gente siendo no gente. Y el agua hizo acto de presencia. Es difícil explicar la sensación. No la sientes llegar. Tu cuerpo se enfría, se humedece, pero tu cerebro está poseído, repleto de adrenalina y no eres consciente de ello. Como si no sucediera. Estás en el salón de tu casa con el
Dolby Surround y la televisión
Full HD. Pero la realidad es eso, real.
Movió los pies. Cada pocos segundos lo hacía, intentando ahorrar energía pero sin dejar que se paralizaran del todo. El frío era insoportable. Hipotermia. Volvió a revivir el resto del naufragio. El Barco se quebró y en su descenso formó un amasijo de agua, carne y metales. El mar se abrió en un remolino, en una espiral, en un agujero negro que absorbía todo aquello que entraba en su radio de acción. La buscó. Él salió despedido a unos metros sobre el mar enrabietado a merced de las olas. Una partida de tenis en la que él era el
match ball. Si hasta ahora había reinado la confusión, desde que tocó por primera vez el mar abierto no hubo conciencia alguna. Desorientado, perdido, encerrado en una pesadilla de la que intentar despertarse por todos los medios. Sobrevivió.
Aún no había pensado en el peligro, en los otros peligros. Depredadores, hambre, sed, enfermedad, soledad. Ella. Ella. Ella. ¿Estaría muy lejos de la catástrofe? Pensó en volver, pero qué dirección tomar, dónde estaba el norte, dónde estaba Elena. Imaginó su cuerpo inerte, helado por un soplo gélido de una diosa, con el camisón de seda que la regaló el día antes de iniciar el crucero, descendiendo al fondo del océano mientras el brillo de sus ojos desaparecía con la distancia. Tan bella y tan hermosa cómo sólo la muerte puede mostrarte.
Borró la imagen de su cabeza. Estaba perdiendo la cordura. Ellos estaban cenando cuando todo sucedió, no en el camarote. Golpeó la tabla que hacía de balsa improvisada y tubo que invertir no pocas de sus reservas en volver a ella. Casi volcó la madera. Se rió, era su segundo desastre naval en su vida, en la misma noche. Entonces lo supo, iba a morir.
Sería un número más en las noticias del primer mundo. “
Tragedia en el mar del Norte” “
El país declara tres días de luto” “
Una comisión internacional investiga las causas del desastre” “
Encuentran milagrosamente a una superviviente”. ¿A una? ¿mujer? ¡Elena!. Ella está viva y la han rescatado. Tenía una manta térmica sobre el cuerpo, de esas que parecen papel albal, y entre las manos sostenía un tazón con sopa caliente. Asentía con la cabeza. ¡Estaba viva!. Notó como latía su corazón, le llegaba calor de nuevo y con él las fuerzas renovadas. Elena. Iba a luchar por ella, por volver a reunirse, por la vida que se merecían, por su vida juntos.
Sujetó el tablero con fuerza y braceó, de nuevo.