Lacio. El pelo lacio.
Giró la cabeza para esquivar su imagen y ocultarla de su mirada. Aún quedaban más de dos horas de viaje. Demasiado tiempo para dejarse atrapar por la nausea.
Su piel estaba ajada, desgastada por el paso del tiempo y maltratada por la falta de cuidado. Algunos trozos de piel parecían sufrir primeros grados de putrefacción. No entendía cómo alguien así podía viajar junto al resto de pasajeros sin que las autoridades, quiénes fueran, le impidieran el paso y la aislaran.
¿Sería contagioso?.
Calculó su edad. Unos sesenta y siete años. El traje a rayas y con chaqueta de pana le recordaba al que vestía su abuelo los domingos, cuando toda la familia se reunía para ir a misa y comer después la abundante comida que siempre preparaba la abuela. Pero de eso hacía ya muchos años, décadas, y no había vuelto a encontrar nada así. Los usos cambian.
Clavó de nuevo su mirada en él. La inquietud era demasiada para obviarla y contenerla sin más. Escudriñó sus gestos. Le llamó la atención su mirada, o mejor dicho, su falta de mirada. Sus ojos estaban ausente, clavados en un punto infinito del horizonte. Horizonte que no existía más allá del vagón. Cuatro filas de asientos para delimitar un mundo. Sus rasgos le resultaban familiares. Empezó a sudar.
“Es un muerto en vida”.
La voz le sorprendió, le asustó. Su dueño lo notó y sonrió como prueba de cordialidad. Era un hombre algo más joven que él, unos cinco años, de buena complexión física y rostro amable. Esperó a que se calmara, unos pocos segundos, y repitió la frase.
“Es un muerto en vida”.
No daba crédito a lo que estaba oyendo. ¿Muerto en vida?. No creía en vampiros, zombies y demás seres mitológicos. Puso cara de incredulidad. No se fiaba de su interlocutor. Seguía sudando y el calor era cada vez más sofocante. El olor a cuerpos impregnó el ambiente enrareciéndolo aún más. ¿Qué pasaba con el resto de pasajeros?. Nadie más parecía intranquilo, sino lo contrario, totálmente ausentes, asépticos. Marionetas inanimadas.
“Entiendo, es el primero que ves... no será el último. Son personas, como tú y como yo, tan sólo no saben que han muerto, su cuerpo se degrada pero su mente no. Nadie conoce el por qué ni qué les retiene entre nosotros. Simplemente están”.
Estuvo a punto de mofarse, pero ahogo la risa. No le creía pero tampoco quería faltarle al respeto. Hablaba con total seguridad. Sintió como su pulso se aceleraba. Podía ver las venas de sus brazos palpitar con cada golpe de sangre. Volvió a mirar al anciano -¿quién era?- justo cuando este comenzó a girar la cabeza, léntamente, hacia él, como si conociera que era el centro de la conversación.
“Joder”.
Exclamó, no quería, pero lo hizo. Se sobresaltó de manera casi violenta y a poco brincó de su asiento. Era el centro del horizonte. En un acto reflejo contrajo sus músculos hasta tensionarlos. Inconscientemente estaba listo para luchar, para defenderse. ¿Defenderse de quién? ¿de un muerto en vida?.
En el mismo tiempo que empleó en reaccionar, el muerto en vida recuperó su posición inicial. Entonces empezó a creer, ya había empezado a creer unos segundos antes. Balbuceó algunas frases inconexas, intentando preguntar, pero su garganta estaba seca, sin sonidos. ¿Qué historia le retendría entre nosotros?. ¿Quién era?.
Preguntó al joven.
Ya no estaba.
No había nadie más.
Sintió miedo.
Despertó.
Había sufrido una pesadilla. Su recuerdo era tan claro y cercano que todavía sentía sus efectos. La angustia había sobrevivido a la almohada. Salió de la cama en dirección al armario de la habitación de invitados, la que usaba como trastero. Estos últimos meses, desde que vivía solo, de nuevo, el espacio no era un problema. Rebuscó en el altillo. Bajó un par de cajas y atrás, olvidada por completo, encontró la vieja maleta que dejara allí su madre.
No tenía candado, tan sólo unas cintas atrapadas en las oxidadas hebillas. Las liberó. Dentro encontró los últimos objetos personales de su abuelo, el padre de su madre. Una libreta con el papel a punto de sucumbir al paso del tiempo, una cartera atada con dos gomas elásticas y repleta de papeles, ropa, un fajo de cartas sin abrir, todas ellas sin remite, una fotografía enmarcada.
Examinó la fotografía, era la primera vez que la veía. Un hombre joven -reconoció a su abuelo- agarraba de la mano a una mujer hermosa -dio por sentado que era su abuela- mientras su mirada se dirigía hacía el extremo derecho de la fotografía, en la que se veía medio cuerpo de otra mujer. ¿Otra mujer?. Centro su mirada en ellas. Vestían igual, como dos hermanas gemelas. Pero su abuela no había tenido hermanas, ¡lo sabría!. Dudó. Ya no estaba seguro de quién era quien.
¿Y él? ¿su abuelo?.
Dejó caer el cuadro, el cristal se hizo añicos.
Se agachó, no para recogerlos, sino para rebuscar en la maleta, y lo encontró. En el fondo, debajo de todo el contenido. Oculto. Ahora sabía a quién le recordaba el muerto en vida.
Se vistió con el traje.
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