Margie dejó escapar un ronquido que la hubiera escandalizado sino fuera porque todos se habían marchado, pasada media hora, y ninguno pudo escucharla. Se había quedado profundamente dormida apenas cinco minutos después de que llegaran al salón, en su sillón preferido. Una vieja pieza de museo tapizado con algodón y decorado con líneas azules rasgadas sobre un fondo verde musgo, un canto al mal gusto que ella cuidaba como si fuera el cuadro estrella del Museo Metropolitano.
Hoy era “
la noche del grupo”. Cada semana se reunían en una casa diferente, charlaban, cenaban, ponían en común sus avances, retrocesos o vaivenes, y, en definitiva, seguían un tratamiento. Cada uno tenía sus propios problemas. Margie necesitaba a diario ser el centro de atención y sentirse querida, pero hoy no iba a sufrir angustia y puede que tal vez no necesitase ir a terapia. Había contado los días durante semanas, tantas como miembros tenían, hasta llegar hasta esta noche en la que ella era la anfitriona por primera vez. Obviamente no había confesado su verdadero mal, no la hubieran dejado preparar la reunión, sino que se atribuía un singular problema de anorexia, escondido bajo su metro setenta de estatura y ciento doce kilos de peso corporal.
El grupo lo formaban pocas personas, en un número adecuado para trabajar de manera personalizada. John era
alcohólico responsable, título que se había auto adjudicado para definir su problema con el alcohol, inducido por los momentos de estrés y máxima responsabilidad en su trabajo, jefe de ventas de la cadena de supermercados
SmileDay, con cincuenta y cinco sucursales y tres próximas aperturas. Situaciones en las que no podía soportar la tensión y él era el máximo responsable le conducían a beber, de ahí la contradicción responsable. El alcoholismo era lógico, no en vano eran los mayores importadores de whisky de doble malta -o cuádruple, según la hora del día-.
A Sarah le gustaba llevarse cosas sin permiso, siempre hablaba de la belleza de sus actos, de la libertad de la no propiedad y la censura del consumismo que destruía el alma, aunque todos pensaban que era una vulgar ladrona y que no había que quitarle el ojo de encima. En sus ratos libres era actriz.
Lisa era adicta al sexo y, de paso, la más popular del grupo. No solían hablar mucho de su enfermedad, su terapia era más bien práctica que teórica. Fracasaba una y otra vez, a veces, hasta siete veces en la misma noche. No dejaría de ser ninfómana, pero por lo menos era una magnífica ninfómana.
Mike solía gastarse algo de dinero en las máquinas tragaperras, pero se controlaba y no caía en el exceso, su verdadero problema recaía en el poker en el que se dejaba el resto de lo que poseía, él y a todo el que pudiera engatusar. Nunca admitía este problema.
El primer paso es admitirlo, rezaba una pegatina sobre el cuaderno de reuniones del grupo. Su primer y único paso fue reconocer que tenía mala suerte con las cartas. Un farol que le hacía perder una y otra vez.
Carol era una mujer extremádamente tímida, tanto que hasta siete meses después no supieron como se llamaba, aunque de nada sirvió este pequeño progreso, porque desde entonces la llamaban “
lasietemesina”. Mote que divertía al grupo y acentuaba un poco más su timidez, aunque ella no lo confesase.
Sin embargo, por el contrario, con Keith no discutían, en buena parte porque su problema era la violencia y nadie quería ser la válvula de escape de un hombre de cuarenta y tres años que había pasado más de media vida metido en gimnasios, es más, intentaban darle esquinazo siempre que podían. La mayoría dudaban de la vigorexia como cualidad social, salvo Lisa que dudaba de otra cualidad o más bien no dudaba nada. Ambos decidieron no hablar del tema.
Amy era la última en llegar a las reuniones, le gustaba que los chicos -como ella los llamaba- se conocieran e interaccionaran sin su presencia. Amy fue quien creó el grupo. Era la psicóloga encargada de supervisar las reuniones. Les manejaba con soltura, adecuando a cada momento y persona sus palabras y sus conocimientos. Era una gran profesional a la que todos estaban agradecidos, una suerte, aunque ninguno sospechaba que también tenía un motivo para estar ahí. No era psicóloga ni nada parecido, ni siquiera se llamaba Amy, ella era mentirosa, y muy buena.
El grupo se había reunido una vez más.Margie les había dado la bienvenida. Uno a uno habían ido llegando a la hora acordada, minutos antes o después, y se habían acomodado en las diferentes sillas y butacones que Margie había colocado para la ocasión formando un círculo -como Amy enseñaba,
todos iguales frente a frente para facilitar el diálogo y la confianza- y alrededor de la mesa sobre la que aguardaba una opípara cena. Todo estaba saliendo a pedir de boca. Su pequeño mundo era un universo de felicidad.
El banquete era digno de reyes, un ágape del que hablarían generaciones, suponiendo que las nuevas generaciones supieran lo que es un ágape, quisieran hablar de ello y viviéramos nueve siglos antes, que no era el caso. Tal era el espectáculo, no solo visual, sino olfativo, el olor de la comida te invadía y hacía salivas hasta perder el sentido, que todos los miembros del grupo rompieron en un espontaneo aplauso.
Justo ese fue el momento en el que Margie no pudo contener su emoción, en el climax, y sucumbió a ella, a su mayor pasión, pero a su vez, también en ese instante, descubrió que tenía un nuevo problema cuyos síntomas eran incompatibles con sus mayores deseos: en estados de euforia extrema, sufría de narcolepsia.
Pasados los primeros minutos de sorpresa, John se tomó una copa antes de que Sarah se llevara parte de la cristalería, mientras Mike apostaba todo contra la banca, que en esta ocasión se llamaba Lisa y ya daba por perdido todo su crédito, y evitaba cruzar la mirada con Keith que echaba en cara a Carol el que no la respondiera. En pocos minutos uno a uno se fueron marchando, la reunión había terminado. Sólo quedo Amy quien antes de marcharse escribió una nota:
“
Una velada deliciosa. Lástima que estuvieras tan cansada, es una bendición dormir así. Te he dejado la dieta de esta semana pegada en el frigorífico. Sigue así, estoy orgullosa de ti, de todos. El trabajo bien hecho da sus frutos y los nuestros son muy buenos. Todos estamos progresando mucho. Buenas noches.”