miércoles, 17 de noviembre de 2010

Tiempo

Ha pasado un minuto desde que fui consciente de las voces. Las escucho, cada vez con más nitidez, como si recorrieran un camino desde el punto más alejado hasta mi presencia. Al principio no eran más que un ruido, inconexo, aleatorio, que poco a poco iba capturando mi atención sin yo quererlo. Después pude identificarlas, dividirlas, situarlas en una conversación. Dos, tres y hasta cuatro personas hablando. Su tono variaba pero siempre matizado con sorpresa, miedo e incomprensión.

Lo peor fue cuando las voces se convirtieron en tacto y mi piel recaló en ellas. Me tocaban. En el pecho, en el cuello, en los brazos. No era sexual. Me auscultaban, reconocían mis músculos, mis huesos, mi funciones vitales. Tuve que abrir los ojos y los vi. Encima mío, auxiliando a mi cuerpo desmayado o dormido, no lo sé, desconcertado.

Balbuceé unas palabras acompañadas de una tos fuerte y repentina. Mi garganta estaba seca. Un pantano que no hubiera conocido la lluvia en años. ¿Quiénes? ¿dónde? ¿agua?. No respondieron a mis dudas pero al instante mis labios sintieron el tacto del agua. Me ayudó. Los mojé y tragué como pude hasta que un nuevo acceso de tos me lo impidió.

Minutos, horas, por fin pude serenar mi situación y afrontar las dudas de aquellas personas. Su mirada no era amistosa. Me hallaba en su territorio. Un cazador del pueblo rival que traspasa la frontera de la supervivencia. ¿Cómo has llegado aquí?. Me llamó la atención su primera pregunta. No importaba quién era, mi identidad no era su prioridad, sino cómo había llegado hasta aquí. La seguridad por encima del ser.

No mentiré, también me intrigó su pregunta. Mi último recuerdo provenía del laboratorio. ¿El laboratorio?. Tiempo. Tiempo. ¿Tiempo?. Me paralicé en su idea, me obsesionó hasta colapsar mis sentidos y perdí la razón. Al ver mi reacción, ellos se alejaron un metro de mi. Se pusieron aún más a la defensiva. Me levanté y comencé a moverme de un lado para otro mientras mi cabeza no paraba de hacer cábalas, cuentas, fórmulas, variables, incógnitas, probabilidades. Tiempo.

Entonces lo vi. La gran ventana que me mostraba la ciudad. La ciudad a mis pies, con su horizonte inconfundible a ras del piso en el que nos encontrábamos, una oficina, de otra época, anterior al gran renacer. El día ya había amanecido y caminaba en plena mañana. Las vistas me resultaron familiares, las había estudiado en mi proceso de formación ¿y quién no?. Historia moderna. Pregunté en dónde me encontraba y cuándo. Uno de ellos respondió: “New York, tío, el puto centro del mundo”.

No vi más. Era once de septiembre...

4 comentarios:

Ros dijo...

Necesitas leer Windows of the World ya... así, de manera urgente.

Jorge dijo...

Hola! Me ha gustado el texto, a pesar de que al final, al descubrir de lo que trataba, me han dado como unos escalofríos... pero muy bueno ;)
Soy Jorge (@jmijarra en Twitter), te llevo leyendo hace un tiempo pero nunca te había dejado un comentario. Pásate cuando quieras por el mío.
Saludos!!

Duczen dijo...

Loqué??? Un día de estos, pienso lo que escribo, lo desarrollo y susvaisacagar
:D

Duczen dijo...

Hola Jorge. ¿Leyendo hace tiempo? dios, por qué te haces eso??? que paciencia madre :DDD

Gracias por el comentario.

Pd. Ya te leo de vez en cuando, hombre antena. Un día de estos hasta comento algo, cuando surja y tal
;)

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