El viento movía las hojas ya caducas de la haya que flanqueaba la entrada al bloque de apartamentos, dándole, si cabe aún más, un aspecto temporal y finito. Todos los días pasaba por debajo de sus ramas y nunca me fijaba en él. Era parte anónima del paisaje. Un extra de tantos en la obra de teatro plagada de estrellas. Esta noche me fijé en él. ¿Cuándo lo habían situado ahí?. Me llamó la atención a través de las ventanas que surcaban el pasillo corredor de mi planta. Una fila impertérrita de ocho cristales mudos que no distinguían entre luz, oscuridad o sueño. Me acordé de esa película en la que un niño recorre con su triciclo la casa abandonada a su suerte y a la nieve. No me gustó la sensación e intuitívamente me resguardé en el calor de mi abrigo. Como si esa prenda, mitad lana mitad fibra, pudiera salvaguardarme de todos mis miedos. Descendiente de la misma sábana que tapaba todo mi cuerpo cuando de niño, antes del sueño, me acechaban desde debajo de la cama o desde el fondo del armario abierto.
Aparté la mirada del árbol y continué caminando hasta mi apartamento. La última puerta. Mi hogar en un edificio de gente desconocida, singular, extraña, quizás hostil y sobre todo habitada por seres que no quería conocer más allá de la cortesía de ascensor. Introduje mi mano en el bolsillo para sacar las llaves de mi casa. Fue un gesto rápido y automático, no en vano lo realizo -lo realizamos- a diario. Delante de mis pies cayó un objeto, pequeño e irreconocible a primera vista. Procedía diréctamente del bolsillo de mi abrigo. Al coger las llaves mi mano lo había arrastrado. Vi como caía y por el impulso resbalaba sobre dos o tres baldosas, uno o dos metros de distancia, hasta sucumbir a las leyes de la fricción. Me agaché y lo sostuve en la palma de mi mano. Marrón. Metalizado. Cuerpo pequeño, ovalado, del que salían y colgaban cuatro adornos aún más pequeños. Cuatro flecos con libertad de movimiento. Un aplique, fino, en forma de garza. No había duda, era su pendiente.
Entre en el apartamento sin dejar de mirar mi nuevo hallazgo. Más de una pregunta me exigía respuesta, pero no era el momento. Dejé el pendiente sobre la mesa del salón y me preocupé de lo más urgente. Encendí la calefacción, este otoño nos había sorprendido con apellidos de invierno y la casa se resentía. El termostato marcaba diecisiete grados. Noté su burla. En un cuarto de hora ya no querría reír más. Mientras esperaba conecté mi portátil y elegí algo de música. Richard Hawley me pidió que abriera mi puerta. Sin embargo me desplomé sobre el sofá dibujando con mi mente todas y cada una de las preciosas notas que rompían el silencio. Cerré los ojos. El pendiente seguía ahí.
Continué apoltronado en el sofá tal y como había entrado, con el abrigo puesto, aún a salvo de mis monstruos. En cuanto mi apartamento, cincuenta y tres metros con una habitación, salón, baño y cocina, se caldeó lo suficiente, salí de mi escondite. Dejé el abrigo en el mismo sofá y me dirigí al baño. Atrás, Robert confesaba que no estaba enamorado. Mi hilo musical está desordenado, como mi mente, como mi corazón. Dejé, una vez más, de escuchar.
Mi ropa olía a tabaco, a sudor, a veinticuatro horas sin dormir, a noche, a la noche anterior. Era urgente que pusiera una lavadora y también limpiara mi cuerpo. Vacié los bolsillos del pantalón. Unas monedas sueltas, un par de billetes de veinte euros, uno de cincuenta, y unas llaves. Otro objeto que no recordaba cayó al suelo. ¿Qué sucedía hoy?. Lo recogí al igual que hiciera con el pendiente. Un papel, casi cartón, rectangular, no muy grande, lo contrario, de unos seis por dos centímetros, con franjas rojas, usado. Un billete de metro. El mismo que usé ayer. Huí también de él, no le presté atención. Me duché.
Al salir, entre el vapor que acercaba la ciudad de Londres a mi cuarto de baño, y después de haber castigado mi piel con el agua casi hirviendo, limpié con la mano el espejo empañado. Escupió mi imagen distorsionada, separando el pasado del presente. Mi piel permanecía sonrojada por efecto del agua caliente. Su rastro de color me devolvió a mi realidad. Busqué el billete. Y busqué el pendiente. Permanecían en donde yo los había depositado. Inicio, nudo y quién sabe si desenlace. Debía esperar. Cinco días no son nada.
1 comentarios:
¿Sabéis ese momento en el que estás inspirado (no digo que sea bueno el resultado) y sin saber qué va a salir no paras de escribir hasta que algo o alguien te distrae y tu inspiración pasa de ti a lo bestia? ¿sabéis de que hablo? Justo antes del último párrafo... peazo cotorras han entrado en el tren.
:)
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