lunes, 9 de agosto de 2010

De unos labios

El espacio blanco me llamó más la atención que la propia marca del carmín. Sobresalía sobre las líneas verticales que se alargaban sobre el billete de cincuenta euros. Su beso había quedado plasmado por encima del dinero. Nunca nadie que yo recordase había hecho nada semejante por mi y el gesto me pareció una demostración incalculable de amor, de desprecio por la banalidad, sin embargo Él lo rechazó. El billete descansaba sin dueño sobre el asiento de la sala de espera, a la vista de quien quisiera mirar. Frágil, simple y expuesto. Mi mente imaginó los por qués y mis palabras cambiaron ante la emoción de lo desconocido.

Consciéntemente conecté mi ipod y dejé que So flute invadiera mis oídos. Ya había decidido que mi historia pertenecía a otra época, a unos años que no viví, a unos años que nos mienten con consentimiento pleno. El callejón a oscuras -el amor nace y muere en las puertas traseras de los clubs de jazz-, Él con sombrero y gabardina, pinta de tío duro, y Ella con el pelo largo, envidiósamente largo, tacones vertiginosos y vestido con abertura por la que mostrar sus piernas, sensual y provocativa. Discuten. Ella le da una bofetada. Él no se inmuta. Se besan, con pasión, casi violencia. Él la mira a los ojos y le da un fajo de billetes, todos sus ahorros. No es prostitución, la ayuda a escapar. Vio lo que no debía y mucha gente la quiere muerta. Posiblemente Él mismo sea su verdugo. Bella y Bestia. Deben separarse. Ella le ama y no teme a la muerte, pero Él teme a la suya, la de ella. Su amor es imposible e imposible significa imposible. Le tira los billetes a la cara. No llora, nadie llora. Él recoge el dinero, se traga su orgullo antes de que se atragante y se lo vuelve a ofrecer. Ella acepta -nunca rechaces una segunda oportunidad-. Los minutos son incómodos, pesan. Él la acompaña hasta la estación de autobuses -siempre se parte de algún lugar-. La protege en el último adiós. Ella busca el dinero en su bolso, coge un billete y deja la marca de sus labios sobre él. Silencio. Se marcha. Final. Él olvida su recuerdo sobre uno de los asientos. El billete y el beso. En vano.

Vuelvo a mirar el billete. El pintalabios es reciente. Nada sobrevive cincuenta años sin mostrar heridas. La realidad desmiente esta verdad. Cambio de canción, de estilo, de historia. Hey boy, hey girl. La luz y los destellos ciegan la pista de baile. Ella está en mitad del local con los brazos en alto, agitando, contoneando el resto de su cuerpo, dominada por la fiebre de la noche. Es la portavoz de la sensualidad en la noche de neón y cuerpos. Él la mira desde la barra. El Dj golpea los bajos y el altavoz retumba como un corazón salvaje. Termina de un trago su copa, gin-tonic en baso de balón, con pomelo rojo y granos de café. Esquiva a la multitud y llega hasta ella. No para de bailar. Le invita a unirse, casi le obliga. Se habían visto antes. Se buscaban con las miradas. Sus cuerpos se rozan. Sus deseos se unen. Su sangre se coagula. Sus lenguas se entrelazan y comparten una pastilla que no quiere saber qué es pero traga sin dudar. El ritual del sexo le ciega, le provoca. Abandonan la discoteca. Por el camino se comen, se devoran, se alimentan. Llegan al parking y allí un grupo de hombres, dos o tres, le agreden. Ella les conoce, son sus amigos. Se defiende, pero le golpean, le humillan, le roban. El botín es bueno, incluido el coche, su coche -no importa cual, uno de gama alta-. Desde el suelo no le quedan fuerzas para levantase. Estúpido. Ella coge un billete, lo besa dejando su marca escarlata. Para el puto bus, le susurra. Se marchan. El orgullo no se digiere bien. Minutos después, Él camina hasta la estación, magullado, sangrando y con la ropa desagarrada y manchada. Está vivo aunque no se siente así. Deja el billete en un asiento. Sigue caminando. ¿A dónde?. Lejos.

Se me ha quedado mal cuerpo. Nunca esta canción me había causado tal efecto. Pienso en mi propia vida. Apaga el reproductor. No quiero imaginar más vidas. Estoy llegando a mi casa, junto a mi chica. Sigo mirando los labios sobre el papel. ¿Y si fueran los de ella? ¿y este, mi billete? ¿y Él, yo?. Lo guardo en la cartera, quiero que lo encuentre y me pregunte. ¿Qué significa?. Nosotros.

Dejo de fantasear. Llamo por teléfono. Dos tonos y oigo su voz. Charlamos brévemente. He encontrado un billete con un beso grabado en él. Ella se ríe. ¿Recuerdas?. La verdad es que no lo hago. La primera vez. Sí ¿y?. Besé un billete. Me acuerdo, lo dejamos sobre un banco. Luego te besé a ti. ¿Cuánto tiempo ha pasado?. Diez minutos, cincuenta años. Te quiero. Lo sé, no puedes elegir. Volverás a besarme... No.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...