La primera vez que fui al doctor me dijo que mi corazón estaba descolocado. No se encontraba en su lugar habitual. Pensé que se refería a alguna separación sentimental y por lo tanto había sabido interpretar mi estado de ánimo, aunque fuera fingido y en ninguna manera real, pero me equivocaba. Como buen doctor se refería únicamente a eso, mi corazón no estaba en su sitio. No era una malformación genética ni una anomalía física. Simplemente estaba en otra parte y no sabían en dónde. Me habían robado el corazón.
La segunda vez que volví a pasar revisión fueron mis pulmones los que estaban en búsqueda y captura. El médico no daba crédito a lo que estaba presenciando. Primero el corazón y ahora los pulmones. “Deberías estar muerto” no hacía más que repetirlo, tanto que pensé que no era de su agrado, incluso opté por contener la respiración. Sin embargo, no le caía mal, todo lo contrario, y por lo que a mi respectaba, me encontraba mejor que nunca. Respiré aliviado.
La tercera vez fue el estómago. En esta ocasión hasta yo mismo me sorprendí. Acababa de comer un buen filete de carne en su punto y no había echado nada en falta, quizás un poco de ensalada, pero nunca fui muy amigo del verde. En cada revisión el número de médicos a mi alrededor aumentaba al igual que las expresiones de incredulidad. No era un trago de buen gusto. No sabía que tanta gente pudiera dudar al unísono, ni que me dieran por muerto sin lugar a dudas. Me comí mis palabras.
La cuarta vez dudé antes de ir. Perder tantos órganos empezaba a ser molesto, además de procurarme una desmedida popularidad que no deseaba. La cara más vista del momento. Pero lo hice y por ello perdí mi cerebro. Me convertí en el primer descerebrado que reálmente vivía sin cerebro. Creo que me envidiaban. Podría alquilar el espacio libre en mi cabeza como John Malkovitz, fue lo primero que pensé. ¿Pensar?. Si ya no tenía con que hacerlo. Me relajé y usé la cabeza.
La quinta vez me quedé en casa, la rima me asustaba un poco y puestos a descubrir qué o qué no me faltaba prefería hacerlo cómodamene en mi sofá viendo una película, una romántica en la que se respirase el amor y la mente se alimentase de él. Vi un partido de fútbol. Los médicos al ver que no acudía a mi cita me dieron por muerto y hasta creo que sintieron cierto alivio. Muerto el perro... bye bye objetos perdidos. Esa misma noche vi en televisión la noticia de mi muerte. Me dieron pena.
Fui hasta la mesita de noche y saqué de ella mi corazón, mis pulmones, mi estómago y mi cerebro. Ya seguiríamos jugando en otra ocasión.
3 comentarios:
Yo que sé, que me aburro xDDD
Me gusta tu relato...^-^.
:DD no es bueno beber y navegar por internet jajaja
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