Te observo, como sí asistiera a un ritual ancestral, a través de la puerta entreabierta mientras terminas tu baño y secas tu piel con la toalla, una pierna por la que todavía resbalan gotas de agua. Me imagino ser el bálsamo que te acaricia y saborea cada centímetro de tu cuerpo. Vas a usar la crema que está junto al lavabo cuando me sorprendes, haces una mueca de desagrado y de un brusco manotazo cierras la puerta.
Resignado regreso al dormitorio, pero en mi mente continúo viciando tu intimidad. La mezcla de sensualidad y prohibición azota mi ideas y me deleito con cada segundo en que tus manos esparcen los distintos aceites sobre tu cuerpo. Siempre imagino tu cuerpo, en distintas posiciones, en distintos quehaceres, desnudo, con ropa... inspirándome eternamente. Recorro tu muslo en dirección a tus pies, sorteando las rodillas, para deshacer el camino emprendido y regresar al centro de mi placer. Me estoy excitando sin remedio.
Me tumbo en la cama con los brazos bajo la cabeza, mirando al techo y fantaseando con el objeto del deseo, tú, que te escondes de mi a unos metros escasos. No es el mejor momento para pensar en ti de esta manera, pero noto como crece mi erección, se me está poniendo dura. Me levanto y camino intranquilo de un lado a otro de la habitación, el nerviosismo previo a un polvo nunca es un buen consejero si desconoces el final.
Por fin sales del cuarto de baño. Me miras de arriba a abajo y pones cara lasciva. La verdad es que no sé que rostro has dibujado, pero yo lo he querido ver así. Giras la cabeza y me miras la entrepierna. Hay intenciones que son imposibles de ocultar. Hace un momento habíamos discutido, pero el pasado es pasado y el presente quiere ser sexo.
Mueves tu mano negando mientras me dices “
Guárdate eso, hoy no toca”. Arqueo mis brazos y pongo cara de no saber de que me hablas. Parezco la diosa Shiva con tanta extremidad, aún así reclamo tu presencia. “
Ven”, mi voz es suave y pausada. A veces logro convencerte, casi siempre cuando tú lo quieres. Te haces la remolona, pero te acercas a mi, muy despacio. Siempre te mueves despacio antes de la tempestad.
Te sujeto por la cintura. No dejo de mirarte a los ojos. “
Me gusta ver como te desnudas, siento que con cada prenda liberas mi corazón”. La cursilada te hace gracia y empiezas a reírte sin cesar. Justo lo que quería, has bajado la guardia y olvidado el por qué no me hablas. Te levanto apretándote contra mi cuerpo y te llevo hasta la cama. Los dos caemos sobre ella. Se te escapa un “
Cabrón” que me pone a mil.
Meto mi mano entre tu albornoz, saltándome dos o tres preliminares. Comienzo a recorrer tus piernas tal y como he imaginado que tú misma hacías hace unos minutos, pero mis intenciones son otras. Siempre te miro a los ojos. Subo mi mano lentamente. Te intento besar y me esquivas. ¿Por qué?. Al instante detienes el rumbo de mis dedos. ¿Por qué?. Intento besarte de nuevo y vuelves a rechazarme. Este juego empieza a molestarme. “
Sin besos en la boca. Hoy no te los mereces”.
Tu frase se clava en mi cabeza. Otro día hubiera sido parte del juego, pero hoy no, me ha dolido. Esta es mi forma de pedirte perdón, de reconciliarnos, y le estás poniendo condiciones. Estoy cabreado y me equivoco “
Como sí fueras una puta”. Sueno vulgar, desagradable, soez. No quería decir esta frase, no con este tono. No pienso ni siento así, es mi polla quien ha hablado por mi, quien me ha traicionado. Me pegas un tortazo. Me lo merezco, por eso muevo ni un músculo y lo acepto.
El golpe ha sido fuerte y me duele la cara, me arde, pero menos que mi cabeza. Te asustas un poco, tú reacción te ha sorprendido, y con tu mano acaricias mi mejilla. Debo estar enfermo porque vuelvo a excitarme. Me gusta la ternura combinada con tu agresividad consentida. Una vez más vuelves a acariciarme y en cada roce imagino una embestida dentro de ti. Sin duda debo estar enfermo... y tú casi desnuda. Veo tus piernas, tu cintura, tu pecho y tu cuello.
La última vez que acercas tu mano a mis labios te detengo, esta vez me toca a mi, y guío tu mano hacia los tuyos permitiendo que tus dedos los dibujen. Sustituyo tu mano por la mía como quien intercambia el alma. Juegas con tu lengua y me muerdes. Estoy a dos centímetro de tu aliento. El espacio entre ambos arde, un infierno personal en el que ambos quisiéramos vivir. Nos besamos, nos besamos y nos besamos. Ahora sí. Tengo hambre de ti y nos seguimos devorando con gula, y con vicio.
Termino de desnudarte. Recorro con mi lengua la parte de tu cuerpo que me estaba oculta. Me arrancas la camiseta, me haces daño, pero no lo noto. Sólo pienso en los dos unidos, confundiéndonos el uno con el otro. Estás, estamos inquietos, y no podemos esperar. Me desprendo de mis últimas ropas. Estoy indefenso. Sí pudieras leer mi cuerpo, gritaría tu nombre.
Me zafo de ti. Ambos tenemos que disfrutar por igual, por lo menos hoy, otro día seremos egoístas. Me bajo hasta tus labios. Tu pubis rasurado me muestra el camino. Saco mi lengua y dejo que silbe. Los recorro por fuera, primero, por dentro después, y vuelta a su parte superior, donde sé que más te gusta. Siento como crecen en mi boca. Te oigo gemir, tus sonidos son la luz que ilumina el camino a la pasión. Cambiamos de postura. Me tumbo boca abajo y tu encima, ambos cruzados, norte y sur enfrentados, agua y cielo, vida y muerte a punto de fusionarse. Me comes la polla mientras yo te como el coño.
Dedicamos unos minutos al placer oral hasta que ya no podemos más. Dejo que te sientes encima mio y me cabalgues. Mejor dicho, tú dejas que yo esté debajo. Sabes que es como más me gusta. Entro dentro de ti y tu humedad me recibe. No conozco mejor templo ni mejor lugar para ser sincero. Te deslizas arriba y abajo, acompaño tus movimientos, no puedo estarme quieto. Siento que voy a caer rendido ante tu arte. Mueves tu culo, arriba, abajo, abajo, arriba, abajo. ¡Dime lo que quieras!.
Con sólo una mirada nos basta para entendernos, no hay guión, sólo armonía. Todo fluye, de ti a mi y de mi a ti. Te pones a cuatro patas, yo detrás. Sentir cuanto más placer posible es tu objetivo. Comienzo a embestirte, despacio, anulando cada milímetro que separa tu cuerpo. Gimes y cambio de ritmo. Escucho mis pelotas chocar contra ti. Te gusta, lo sé. Es un ritmo tribal. Me inclino sobre tu espalda y huelo tu cuerpo. Me embriago de él. Nadie huele como tú.
No voy a aguantar mucho más, sin decirte nada adivinas mi estado. La presión que siento se sincroniza con tu deseo final. Nos separamos y por un segundo me invade la tristeza de los amantes desterrados. Ansío, necesito, volver a ti. Nos sentamos el uno en frente del otro. Tus piernas sobre las mías y mis brazos por debajo de los tuyos hasta llegar a tu espalda. Te sujeto los hombros por detrás, tú me has abrazado. Mis ojos se convierten en el reflejo de los tuyos y viceversa. Me veo en tu interior y tú en el mío.
Comenzamos el final. Nadie nos ha pedido terminar así, tan íntimos. Te ayudo a llevar el ritmo, no es la postura más cómoda, pero tenerte tan cerca lo compensa. Mueves la cintura. Cada vez estoy más excitado y tú también. La respiración es rápida. Echas la cabeza hacia atrás. Estás llegando. Quiero besar tu cuello, pero no lo hago. Junto mi cara a la tuya y te susurro “córrete, córrete, muere por mi”. Gimes más. Suspiras más. Sudas más. Tu cuerpo se tensa por última vez justo cuando eyaculo. Tu pequeña muerte ha llegado a su hora.
Mi juicio, no...
... ¿recuerdas por qué nos enfadamos?.
* Que sí, este texto es la segunda versión de uno que escribí en un estilo no adecuado -rápido y momentáneo-, lo he corregido sobre la marcha, y, que sí de nuevo, todavía debe mejorar.