“
¿Fría o caliente?”. La camarera me pregunta con la jarra de leche en la mano. Las estaciones son lugares de paso y a su vez de encuentro. En las que el tiempo sigue sus propias reglas, esclavo del segundo siguiente. Por ellas circulan infinidad de viajeros. Todos con una historia. Nunca hay tiempo para las relaciones, pero aún así nos afanamos en encontrar pequeños momentos de humanidad. Un nuevo viaje siempre es una incertidumbre en mayor o menor medida y siempre ayuda partir con una sonrisa.
“
Caliente, por favor”. He tardado en responder y aún así lo he hecho de manera automática. Sin escuchar la pregunta. Es la costumbre quien ha hablado por mi boca. Poco importan las prisas. El café, caliente. Rellena la taza con leche caliente. El humo que escapa confirma la temperatura. Una pira funeraria de cafeína. La camarera se aleja para atender a otro cliente mientras silba, en tono suave y de manera breve, una tonadilla. Pienso que debe ser “
buena gente”. Nadie que silbe alegremente a las 7:35 de la mañana puede no ser
buena gente.
Me he quedado absorto en mis pensamientos. Ajeno al lugar en el que estoy. No me he percatado que no he dado las gracias a la camarera. Una torpeza social. “
Gracias”. Pronuncio la palabra segundos tarde. A pesar de los metros que nos separan ella lo escucha. Se gira. Le ha sorprendido la tardanza. No me extraña, a mi también. Un “
gracias” a destiempo. Me sonríe y me responde “
De nada”. Su gesto es tan cálido que me hace olvidar el por qué estoy en la estación. Permanece mirándome durante unos momentos más, unos segundos a lo sumo que a mi me parecen una eternidad. Soy un libro abierto en cuanto a sentimientos inocentes se trata. Doy por hecho que “
mi cara es un poema” que debe haberla intrigado. Todavía no he respondido, no porque esté de nuevo inmerso en mis pensamientos, sino porque realmente no estoy pensando en nada. Debe estar esperando algún tipo de explicación. “
Perdona...”, logro mascullar entre sonrisas, “
... te he oído silbar y...”, ella no dice nada y no aparta su mirada de mí, “
...me he sentido bien”.
¿Me he sentido bien?. Ahora va a creer que soy imbécil o algún tipo de psicópata fetichista e imbécil. En menos de lo que muere un parpadeo, mi cara adquiere todo tipo de tonalidades color rojo. Rojo chillón. ¡Maldita vergüenza autónoma!. Ella sigue mirándome. ¿Se estará divirtiendo?. En realidad la escena no dura mucho, unos cinco segundos en total. Por segunda vez a mi me parece una eternidad. Me arde la cara. ¡Por favor, que alguien diga algo o que me trague la tierra!. Ya mismo. Creo que le divierte la situación. Sonríe. Su sonrisa es bonita, muy bonita. Por fin responde, “
de nada”, y regresa a su trabajo silbando de nuevo.
Termino mi café. De vez en cuando la miro y algunas veces nuestras miradas se cruzan. Ella sigue trabajando. El tránsito de pasajeros ha aumentado y los descansos ya no son posibles, pero alguna sonrisa nos regalamos. Me marcho de la cafetería-barra. Me invade cierta pena por no conocer a esta mujer. ¿Quién sabe que hubiera pasado?. No es mi destino. Las estaciones son lugares de paso.
Camino por el vestíbulo de la estación. Faltan unos poco minutos para que mi tren salga. Busco el arcén correspondiente. Estoy tarareando. Sin darme cuenta he comenzado a cantar la melodía que silbaba la camarera. Encuentro mi tren y ocupo mi asiento. No me quito la canción de la cabeza. Hoy iré a verte, no podemos esperar más. Sigo cantando. Estoy contento.
Durante mi corto paseo me he cruzado con varias personas, varios jóvenes, algunos trabajadores, seguridad y limpieza, un grupo de turistas orientales y una familia formada por una pareja y una niña pequeña de no más de ocho años, su hija. La pequeña me ha oído y ella también comienza a cantar, a su manera, como lo haría una niña. Reconozco la melodía que yo canto. Miro a la pequeña. Ella se divierte. La hago burla sin detenerme. Se ríe. Sus padres están hablando entre ellos y no se percatan de nada. Nuestros caminos siguen direcciones opuestas. Nos alejamos y les pierdo de vista.
La familia entra en uno de los establecimientos. Compra una botella de agua, unas revistas y unos caramelos para la niña. El dependiente les despacha sin levantar apenas su mirada de los albaranes que contabiliza. Roza el medio siglo de vida. Está de sobra acostumbrado a ver caras anónimas y a no inmiscuirse en nada que no sea su negocio. Intercambian un par de “
gracias”. La familia continúa con su camino. Unos minutos después, el dependiente comienza a silbar una melodía. La misma canción que chapurreaba la niña. Aparta su vista de los albaranes por un momento. No se había dado cuenta de que estaba cantando. Se acuerda de su mujer. A estas horas estará dormida. Esa canción es una de sus preferidas. Cuando termine su turno, la invitará a comer. Sonríe. Una cliente, una joven, le devuelve a su trabajo. Se saludan. Le cobra un libro de bolsillo, uno de Almudena Grandes.
La chica, de unos veinte años, sale del establecimiento pensando en el dependiente. Le ha escuchado cantar y como por unos segundos se ha ausentado de su trabajo. ¿Qué estaría pensando?. No ha comentado nada, pero le ha parecido un detalle precioso. También ha reconocido la canción. Le recuerda a su familia, a sus padres y sus abuelos, cuando comían los domingos de verano en el río. Echa de menos aquellas barbacoas, paellas o lo que tocara comer ese día. Hace tiempo que no les ve. Por ello está en la estación. La nostalgia y la felicidad se adueña de ella. Consulta los paneles de información. Está absorta en su “
buen día” mientras silba la misma canción.
Junto a ella se encuentra una señora de la limpieza. Vacía una de las papeleras y cambia la bolsa de basura por otra. Anoche discutió con su marido. No son buenos tiempos y hay demasiados rumores sobre la fábrica. Puede que un expediente de regulación de empleo le deje en el paro. Por lo menos ella tiene trabajo. Observa a la joven. Está cantando. Su voz es dulce. Esta chica sería perfecta para su hijo, el pequeño, y no la arpía que tiene por novia. Una vaga e hija de puta que acabará haciendo daño a su niño. ¿Pero qué puede hacer ella?. La joven la ve mirarla y se disculpa. Ha pensado que interrumpía su trabajo. La señora se disculpa a su vez. Sería perfecta para su hijo. Sonríen y se marcha empujando el carro de la limpieza. “
Hemos salido de cosas peores”, piensa la mujer mientras tararea una canción. ¿Dónde la he oído?. Se gira para mirar a la joven que permanece mirando la información de viajes. Ha sido ella. “
Perfecta, sería perfecta”. Continúa tarareando. Cada vez se siente mejor. Un joven, de unos treinta años, se tropieza con el carrito. Venía corriendo, con prisas, y ella estaba mirando a la otra joven. El incidente no va a más, ambos se disculpan. La señora continúa tarareando. Piensa en su familia. Coge su móvil y llama a su marido. Tres tonos y él responde, “
hola, cariño, siento lo de anoche... te quiero”. Ella llora, de felicidad. Saldrán adelante.
El hombre que se había tropezado con el carrito de la limpieza reanuda su carrera. Llega tarde, muy tarde. No sabe a dónde, pero corre. Él también ha escuchado la canción. La señora la estaba tarareando. Comienza a cantarla en su mente. Llega tarde, muy tarde. Pero se detiene. Sólo piensa en la canción. Le gusta, es uno de sus temas favoritos. Hacía muchos años que no la oía. Cuando no tenía problemas ni prisas ni estrés. Cuando su vida era suya y disfrutaba fuera de su trabajo. Ahora es todo lo que tiene. Trabajo y más trabajo. Un alto precio para quien todos llaman triunfador. Luego está ella. ¿Cuándo le robó su vida?. No recuerda la última vez que se rieron juntos. La tristeza le llena. Se detiene. No merece la pena sufrir sin motivo, sin una meta. “
¡Que se joda!”, se dice a sí mismo. Está parado en mitad del flujo de gente. Se siente extraño. Quieto, inmóvil, en medio de un mar de urgencias. Observa al resto de transeúntes. “
¿Qué estoy haciendo?”. La canción vuelve a su mente. Es hora de cambiar. No ha terminado sus pensamientos y ya comienza a sentirse bien, mejor. Se ha quitado un peso de encima. Hacía años que debería haberse dado cuenta. Decide tomarse un café. Sin prisas, pausadamente.
Entra en la cafetería-barra silbando la melodía. Pide un café. La camarera le ha escuchado silbar. Sonríe y pregunta. “¿Fría o caliente?”.