Me dijo “cierra los ojos”. Era el día más triste de mi vida, mis padres acababan de morir en un accidente de tráfico y no era consciente de lo que eso significaba, demasiadas emociones para un niño de nueve años, pero no paraba de llorar. Mi papa y mi mama no estaban conmigo y, como un perro fiel que no abandona la tumba de su amo hasta morir, me sentía sólo, indefenso, abandonado y perdido, muy perdido. Así que le hice caso.
Estábamos en una de las habitaciones de su trabajo, en el segundo sótano, donde sólo podía entrar el personal autorizado. Todos los niños queríamos bajar ahí abajo. Oíamos miles de historias sobre lo que allí se escondía, monstruos, demonios, niños desaparecidos, lagartos gigantes, espejos que hablaban, mujeres sin rostro, juguetes que bailaban solos, dulces que una vez mordidos volvían a crecer, miles y miles de aventuras para todos los gustos. Y yo estaba allí, tan triste que no podía sentir ni miedo ni felicidad.
Mi tío, el hermano de mi padre, me volvió a repetir “no abras los ojos, ciérralos fuerte”. No entendía qué quería ni por qué tenía que cerrarlos. La habitación de los mil sueños era igual que el taller de mi papa, pero con la diferencia de que la ventana era redonda, como la de los barcos, y en la mesa había muchos botones y palancas. Pero era un niño en su peor día, así que cerré con fuerza mis ojos, tanta que me empezaron a doler. No los abrí, en el fondo creía que sí yo aguantaba, mi tío traería de vuelta a mis padres. Las ilusiones de un niño nacen de su inocencia. No fue así.
Hoy un ruido fuerte que me sobresaltó, seguido del sonido del agua correr. Permanecí cinco minutos más sin poder ver nada hasta que me pidió que abriera los ojos. Al principio la luz de la bombilla me dañaba la vista pero en unos segundos pude volver a ver con normalidad. Mi tío señaló la ventana y hacia allí miré. Me acerqué hasta tocar el cristal, puse mi mano contra la ventana y mis ideas se perdieron a través de ella. ¿Mi tío hacía magia?.
Fuera, el agua había inundado todo. No se divisaba el cielo ni siquiera el resto de la ciudad. Mi tío había transportado la habitación al fondo del mar. El agua era sucia y se veían los remolinos de la corriente, pero poco a poco se fue calmando, estancando en la tranquilidad y yo con ella. Entonces mi tío hizo más magia. Extendió una mano y susurró “para ver hay que tener luz, para soñar, corazón”. Del suelo surgió esa luz, de distintos colores, azul, blanca, amarilla, que se mezclaban con el propio agua y que hizo soñar a mi corazón.
Pensé en mis padres, por primera vez lejos de su ausencia. Ellos vivían ahora en esa luz y en esos dibujos que veía y cambiaban a cada instante, y reí, como otras veces, como un niño, como el niño que era. Un pequeño momento de alegría dentro del tiempo de la no felicidad. Incluso recuerdo que algunos peces cruzaron en frente de mi ventana y hablé con ellos. Mi tío había creado un mundo para mi.
Desde aquel día, cuando el dolor era insoportable y la soledad estaba a punto de condenar mi futuro, visitaba a mi tío y este me llevaba a la habitación bajo el mar. Él fue quien me dio el empujón para vivir, para seguir viviendo y siempre se lo agradeceré. Cuando crecí y entendí que mi tío trabaja en el canal que cruzaba la ciudad y él era el responsable de abrir y cerrar la esclusa, seguí visitando la habitación con la misma ilusión.
Hoy, que ya soy adulto, siempre que algo va mal y necesito respirar un segundo, coger aire y capear los malos momentos con humor, con optimismo, con vida, siempre me digo “Cuando se cierre la esclusa...”. Sólo mi tío y yo sabemos el por qué de esta frase, peo cuando la digo, toda mi familia, mis amigos, a quienes yo quiero, saben que todo irá bien.
3 comentarios:
Muy chulo.
Yo aún diría más: muy bonito
Yo aún añadiría aún más: muy muchas gracias
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