no tiene precio.
(Improvisemos en unos minutillos)
Regreso del sueño en el que estaba sumido. Me he despertado y abro los ojos. Soy consciente de la habitación, sus paredes, la cama vacía, la ventana abierta. Aún es de noche. No necesito dormir más, tampoco quiero. Me muevo, quiero levantarme. Algo sucede. No, nada sucede. Mi cuerpo no responde, no me obedece. El sueño debía ser más pesado de lo que yo creía. Intento moverme de nuevo sin resultado alguno. ¡Que extraño!. Comienzo a impacientarme y a perder los nervios. Un brazo, el otro, una pierna, la cabeza... todo inútil, ni el más mínimo movimiento. Los ojos, muevo los ojos. Recorro la habitación buscando una señal, una explicación posible. ¡Joder!. No me muevo, no puedo. No estoy soñando, no lo estoy. Mi mente se bloquea. La catarsis del desierto de arena. Estoy preso, encarcelado en mi propio cuerpo. En breve voy a perder la respiración, el aire golpea mis pulmones y se fuga por mi boca. Yo no lo provoco, no puedo, soy consciente de ello. Mi condena es la claridad. ¡Úsala!. Piensa, piensa mientras puedas, pero cómo. No puedo moverme. Actúa entonces, antes de que la angustia te domine, el pánico te susurre al oído y el miedo devore tus venas. No importa el próximo acto siempre que exista uno. Busca una salida... Sé lo que tengo que hacer. Dormir de nuevo. Cierro los ojos, mis putos ojos.
... y menos mal que no he querido dar importancia a esas dos estrellas, luces brillantes que no son aviones, que se desplazaban en horizontal, sí se desplazaban, y a los pocos segundos se apagaron.





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