Jardín
Siempre he pensado que una ciudad sin pulmones está condenada a morir en sus propios desechos. Esta ciudad, mi ciudad, tiene inmensos parques plagados de árboles que purifican el ambiente; pero toda moneda tiene un reverso y en todo pulmón puede nacer un cáncer.
Camino escondido entre los árboles por cuarta vez en esta semana. Espío a una pareja, dos mujeres. Les gusta pasear a primera hora de la noche cuando no hay gentío, cuando el reino está sin amo, como debe ser. También se ocultan. No temen los peligros de la soledad. Sobreviven en una sociedad que todavía no está preparada para aquello que "no es lo normal". Mentes abyectas y ancladas en el pasado más deleznable. No sienten vergüenza de su elección, tan sólo les llegó tarde. Una está casada con un hombre que no la quiere y la engaña, y la otra encerrada en una relación de noviazgo a la vieja usanza. Él sí la quiere, pero por rutina, porque no conoce otra cosa; y ella, simplemente, no.
Se dan la mano con recelo. Una de ellas tiene la mirada perdida, fija en las ramas, traspasando la oscuridad. Tiene su rol muy asumido. Se pregunta qué diferencia hay entre una vida oculta y otra escondida. Cada cual es libre de elegir sus designios, sí es fiel a ellos. La otra intenta reprimir sus reproches, su ansía por dominar. No aparta la mirada del frente, del único camino que ella ha fijado. En eso nos parecemos, no nos interesan las respuestas, ni las explicaciones, sólo los actos; pero yo estoy aquí por lo que vendrá después.
Oigo pasos que se aproximan. Ya está llegando.
Un hombre de mediana edad aparece y sorprende a las dos mujeres. Es corpulento. Sin mediar palabra golpea a una de ellas en el rostro, un fuerte puñetazo, y la arroja al suelo mientras se gira y se dirige a la otra mujer -Ni se te ocurra moverte-. El miedo la invade, no puede moverse. No es la primera vez que pasa por ello, cada vez es peor, más horrible. No tiene miedo al dolor, sino a las heridas que consumen su alma cada vez. Él vuelve con la primera mujer y la golpea en el estómago, dos patadas, a cada cual más fuerte hasta que la mujer, tendida en el suelo y con lágrimas en los ojos, escupe sangre por la boca. Él la increpa, está enfadado, poseído por la ira -Hijaputa, ¿te gusta mi mujer?, yo te enseñaré a no tocar lo que no es tuyo-. Mira a su alrededor, buscando, y encuentra una madera, una rama partida con un tamaño adecuado... para sus propósitos.
Él no la quiere, a su mujer, nunca la ha querido. Falso sentido de posesión. Dominar a alguien hasta anularlo y sentirse su dios particular. No se hiere a quien se ama. No juzgo sí en Él predomina el odio o el amor, ambos son dos sentimientos humanos tan cercanos; pero no tolero la hipocresía de justificar uno con otro. Intervengo.
-Yo no lo haría. -Él se para y me mira extrañado, aunque aún no ha salido del influjo de sangre que le ordena seguir.
-¡Vete!, sí sabes lo que es bueno. -Me escupe sus palabras a la cara.
-¿Bueno?. La moralidad es la cárcel de lo débiles como tú. -Me he acercado a Él. Estoy a dos metros. Las mujeres me observan sin apenas decir nada ni moverse, una desde el suelo visiblemente dañada por la paliza y la otra, de pies a mi lado, sin comprender que está o no sucediendo. Leo sus mentes.
-¡Que cojones dices!. -Se dispone a lanzarse contra mi.
Me he cansado de este juego. Decido ponerle fin. Levanto una mano haciendo la señal de stop. No es necesario, pero siempre me ha gustado ser teatrero. Necesito una frase lapidaria antes de matarle, porque en cinco segundos estará muerto. Él se ha detenido, yo le he detenido. No puede moverse. Lo intenta, pero una fuerza que no llega a entender le mantiene abrazado a la inmovilidad. Sus ojos son un espectáculo de incomprensión, impotencia y odio. Me estoy recreando. Siento ganas de destrozarle la cabeza con la madera que aún sujeta, pero el espectáculo sería demasiado desagradable e impresionante para la mujer, y ella no se lo merece. Ya la tengo -Bonita noche para dejar libre a quien nunca quisiste... -hago una pausa, sonrío -para morir-. Se desploma inerte. Le he matado sin fuegos artificiales, sin abalorios, sin ostentación.
Ella está temblando. No debería tener miedo de mi. La miro a los ojos. No puede articular palabra ni pensamiento. Con la mirada busca a su "compañera" tendida en el suelo. Sujeto su cara, los temblores son más fuertes, y la obligo a mirarme a los ojos. La susurro al oído y a su mente a la vez -No me temas, tú no. Hoy empieza tu vida, sólo me queda una cosa por hacer-. Al instante, su miedo cesa.
-Gracias... menudo cabrón... ¿está muerto?... que se joda, se lo merece.- Masculla entrecortádamente la otra mujer.
-Psssst.- La hago callar. Espero a que se incorpore sin ayudarla. Ella misma lo hace a pesar de tener rota alguna costilla. Un esfuerzo encomiable, pero inútil. La terquedad y la prepotencia vencen por ko a la lógica más objetiva. -Te conozco, sé como eres-. No se espera mis palabras. Me teme y debe hacerlo. Está rogando a Dios que me vaya. ¡Rogando!. Nunca he tenido dudas sobre ella, pero ahora, además, voy a disfrutar. El pecado es la droga de los oradores. -Tu vida se acabó-. Antes de que el valor de mis palabras se apodere de su consciencia, muere, igual que el hombre.
Quedamos dos, ella y yo.
Podría pensar que soy un psicópata, un asesino en serie, o que no es posible que alguien mate así, es inexplicable; pero no lo hace. En su lugar siente alivio. Nadie puede vivir fingiendo lo que no es y Ella no es una esclava de nadie, no es una sumisa. Ambos sabemos que tanto Él como Ella la maltrataban por igual, en las mismas condiciones. Ya no tendrá que echarle la culpa a la mala suerte ni barajar opciones próximas al suicidio, tan lejanas de sus ganas de vivir. Ahora sólo tendrá que seguir caminando.
Esta serena, es fuerte, no todo el mundo puede soportar un shock de este calibre. Ella sí. Nos miramos, me gusta, me gusta mucho. Esta vez no leo su pensamiento, dejo que sea ella misma quien decida cuando dirigirse a mi. Pasan unos minutos, a mi me parecen segundos. Ella habla primero.
-Dos flores marchitas de un mismo jardín.





0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada