viernes 16 de mayo de 2008

La historia de Aliside e Ikurei

Cuentan los más antiguos del lugar que el Dios Ikurei cayó enfermo. Nadie lograba comprender el motivo. Ikurei era feliz, vivía rodeado de sus semejantes, incluso compartía hogar con su mujer, Aliside; Pero día tras días su estado empeoraba. De nada servían los esfuerzos de toda la congregación, ni siquiera el amor de Aliside lograba reanimarlo.



Una noche, en la que su estado era demasiado crítico y los más expertos vaticinaban un triste final, no era habitual que la luz de un Dios se agotara, pero ya había sucedido antes en tiempos muy lejanos, Aliside se adentró en el bosque prohibido. Las leyes lo prohibían, la antigua sabiduría así lo dictaminó, más Aliside desesperada por la inminente pérdida de su amor venció su miedo.

Protegida por la oscuridad burló a quienes con ella se cruzaron celosa de sus intenciones y atravesó la puerta que nadie cruzaba, de la que nadie regresaba. Una vez dentro, Aliside se desnudó y así con su bello cuerpo expuesto a la noche caminó en círculos siguiendo el sentido contrario de las agujas del reloj, como debía ser. A cada vuelta que daba cerraba un poco más la espiral hasta que por fin llegó al vértice, al
corazón del centro, al final de su destino.

A su vez, Ikurei, postrado por la fiebre, sintió una fuerte punzada en el pecho, una lanza de fuego que le atravesaba el corazón. No necesitó explicación, al instante, dentro de si, supo cual era el sacrificio que Aliside estaba realizando. Sin tiempo para vestirse saltó de la cama venciendo a su enfermedad y corrió hacia en donde estaba su amada.

Ajena a los designios de su amado, Aliside recogió con sus manos tierra, arena sagrada del bosque prohibido, y acercándosela a la boca sin derramar un sólo grano la regó tres veces con su aliento. Casi había terminado la ceremonia, ya sólo quedaba un único gesto. Cerró los ojos, formuló su deseo: Ikurei, y frotando sus manos lentamente dejó caer la arena. El sacrificio estaba hecho.

La tradición no hablaba sobre que sucedería entonces, hasta los Dioses tienen mitos. Aliside se extrañó, no había notado nada diferente, ningún cambio. Pensó en Ikurei por última vez y abrió los ojos. Su sorpresa fue enorme, junto a ella, arrodillado, estaba Ikurei. En sus manos había recogido toda la tierra que ella había dejado escapar.

Ikurei se incorporó, cerró sus manos para salvar su contenido y besó en los labios a Aliside. Fue un beso sincero, lleno de amor, el principio de una vida; Pero no se puede engañar ni a la muerte ni a la vida y todo acto, por muy desinteresado que sea, tiene su precio. Ambos habían penetrado en el bosque prohibido y conocían las normas.

Ikurei esperó un segundo y habló en su lengua “Lo haremos juntos y juntos viviremos para siempre”. Aliside lloró de felicidad, prefería cualquier vida junto a él que una eternidad con su vacío, y acariciando la cara de su amado asintió con la cabeza.

Aliside tomó las manos de Ikurei y entre los dos derramaron la tierra para así concluir la ceremonia. Esta cayó de sus manos y traspasó el suelo, no se paró en él, y siguió cayendo. Cuando las manos quedaron vacías y la arena terminaba de atravesar el suelo, Ikurei y Aliside, Aliside e Ikurei, se fundieron en un abrazo. Ambos se trasformaron en más arena que continuó su descenso dejando su mundo para siempre.

Cuentan los más antiguos del lugar que esa misma arena descendió y descendió hasta formar nuestro mundo.

Cuentan que Ikurei y Aliside vivirán siempre unidos, amándose; pero separados, condenados a no entenderse.

Cuentan que Aliside es la tierra e Ikurei es el mar.
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1 comentarios:

Anónimo dijo...

yo no la he leido porque me la has contado en el café