Su tronco seco y horadado coronaba el final de la calle. Le llamábamos
El Guardián de los Tres Brazos por los tres muñones que algún día fueron sus ramas, pero que hoy en día no eran más que eso, un recuerdo de sus amputaciones. Nuestros padres nos contaban historias sobre lo que allí les sucedía a los niños que eran malos y se perdían más allá del final de la calle. Historias espeluznantes para asustarnos y así conseguir que no nos alejáramos de nuestras casas.
Sin embargo cuanto más terroríficas eran esas historias, más nos atraían y se nos antojaban aventuras para valientes, en las que los niños sorteaban todo tipo de desafíos y peligros, ya fueran reales o imaginarios. Retos que nuestra inocencia e ingenuidad no podían ignorar. Aunque a mi, como a todos los demás, me asustaban de verdad, pero como no quería ser
el llorica del grupo, nunca lo confesaba, como todos los demás.
Una noche en la que
la pandilla todavía estábamos jugando en el jardín, apurando los últimos minutos antes del toque de queda, decidimos ir a explorar al
Guardián. Nada más oír pronunciar su nombre se me hizo un nudo en el estómago, incluso sentí como mis piernas comenzaban a temblar, mi boca se resecaba y mi corazón parecía el de un anciano asustadizo y temeroso del final de su vida. Nadie dijo nada. ¿Quién iba ser el primero en negarse y convertirse el objeto de todas las mofas?. Ninguno queríamos ir y ninguno lo dijimos.
Sumidos en el silencio y la omisión de nuestros actos nos acercamos hasta el
Guardián. En los apenas quinientos metros que recorrimos fuimos perdiendo nuestro valor inicial y nuestras voces se fueron apagando hasta formar una nota más de la misma sinfonía que nos había conducido hasta él. Creo, estoy seguro, que nos miraba, sabía que estábamos allí y quienes éramos. Sentí miedo, mucho miedo. Micky, él había sido el culpable de que estuviéramos aquí, fue a quien con nuestras miradas obligamos a acercarse al tronco y explorar su interior, donde cabían sin apreturas uno y hasta puede que dos de nosotros.
Micky ya no estaba tan seguro de sí mismo, pero ya no podía echarse atrás. Los niños podemos llegar a ser muy crueles. Recuerdo verle caminar hacia el
Guardián léntamente, como sólo he visto caminar años después a los condenados que recorren su última milla. Recuerdo como le temblaba todo el cuerpo y sus fuerzas flaqueaban hasta casi desfallecer, como al resto de nosotros, y como nos miró antes de entrar en el árbol bajo los tres brazos. Todavía llevo clavada su mirada en mi cabeza, me ha perseguido el resto de mi vida.
Nada más desaparecer de nuestros ojos oímos una gran explosión. Un sonido similar a un choque siniestrado, un edificio desplomándose o la apertura del infierno mismo, no supimos reconocerlo. Fue un estruendo que nos disolvió a todos en una frenética huida hacia nuestras casas. Corrimos, todos, sin excepción. Esa noche no dormí.
Dos días después nos volvimos a juntar, lejos del
Guardián, en dónde no podía alcanzarnos. La tristeza y el mismo miedo de la noche anterior se reflejaba en nuestras caras. No queríamos hablar de lo sucedido y nunca lo hicimos... porque desde esa noche no volvimos a ver a Micky jamás.